El espejo del principio: aprender a caminar antes de querer parecerse al maestro

Hay algo que sucede con mucha frecuencia cuando una persona comienza a practicar un arte marcial. Después de las primeras clases, y especialmente cuando empieza a observarse junto a su Sensei, aparece casi de manera inevitable una comparación: “¿Por qué él puede hacerlo así y yo no?”

El principiante ve en el maestro una ejecución que parece natural. Observa la movilidad, la precisión, la coordinación, la economía del movimiento y esa aparente facilidad con la que una técnica sucede. Entonces surge, casi sin darse cuenta, el deseo de reproducir inmediatamente aquello que está viendo. Quiere que su cuerpo responda de la misma manera, que sus movimientos tengan la misma fluidez y que su técnica alcance, en pocos meses, una expresión que en el maestro quizá representa décadas de práctica.

Pero existe una verdad sencilla, y al mismo tiempo profunda, que todo practicante termina encontrando: no se puede acelerar la maduración de aquello que todavía está aprendiendo a nacer.

El cuerpo necesita tiempo. La percepción necesita tiempo. La coordinación necesita tiempo. Y, sobre todo, la comprensión necesita tiempo.

En las primeras etapas, muchas veces nuestro cuerpo no sabe todavía lo que nuestra mente cree haber entendido. Vemos una técnica y pensamos que la comprendemos porque podemos identificar sus movimientos; sin embargo, reconocer una forma no significa haber comprendido su principio. El cuerpo tiene que recorrer muchas veces ese camino hasta que aquello que inicialmente era consciente, rígido y deliberado comienza poco a poco a convertirse en algo más natural.

Por eso, las dificultades que aparecen durante los primeros meses no son necesariamente señales de incapacidad. En realidad, forman parte del proceso. La frustración, la sensación de no avanzar suficientemente rápido, el cansancio de repetir una y otra vez algo que todavía no sale como quisiéramos… todo ello pertenece al aprendizaje.

Y quizá sea precisamente ahí donde comienza el verdadero aprendizaje.

Porque cuando todo resulta sencillo, cualquiera puede sentirse motivado. Pero cuando aparece la dificultad es cuando nuestras motivaciones son puestas a prueba. Es ahí donde descubrimos si practicamos solamente porque algo nos gusta o si existe en nosotros una voluntad más profunda de permanecer, observar, corregir y volver a intentarlo.

Muchos abandonan la práctica no porque carezcan de capacidad, sino porque esperan que el progreso tenga la forma de una línea recta. Esperan mejorar constantemente, sentir que cada semana son mejores que la anterior y recibir una confirmación permanente de que están avanzando. Sin embargo, el aprendizaje marcial rara vez funciona de esa manera.

Hay momentos de expansión y momentos de aparente estancamiento. Hay días en los que una técnica parece comenzar a comprenderse y otros en los que sentimos que hemos retrocedido. Pero incluso esos días forman parte del camino.

El secreto está en aprender a permanecer.

Reafirmar la motivación cuando ésta se debilita. Fortalecer la voluntad cuando aparece el cansancio. Aceptar que todavía no podemos hacer aquello que deseamos hacer y, en lugar de convertir esa limitación en frustración, utilizarla como punto de partida.

En este proceso, la relación con los compañeros avanzados —los sempai— adquiere un valor enorme. Su experiencia permite al principiante reconocer que aquello que hoy parece imposible alguna vez también fue una dificultad para ellos. Su presencia recuerda que la habilidad no apareció de un día para otro. Fue construida mediante años de práctica, correcciones, errores, paciencia y perseverancia.

Y junto a ellos está el Sensei, cuya función no consiste simplemente en mostrar técnicas, sino en acompañar el proceso de transformación del estudiante. A veces una corrección aparentemente pequeña puede tener más valor que una explicación extensa. A veces una palabra en el momento adecuado permite que el alumno continúe cuando estaba a punto de abandonar.

Esto adquiere una dimensión todavía más profunda en las artes marciales tradicionales que poseen un marcado componente interno, particularmente en aquellas que han desarrollado formas de trabajo en las que la técnica no puede separarse de la percepción, la estructura corporal, la sensibilidad y la comprensión del principio.

En ese contexto, el aprendizaje exterior puede ser apenas la puerta de entrada a una comprensión mucho más amplia.

El Daito-ryu Aiki-jujutsu no está fuera de esta realidad. Su estudio exige paciencia y, sobre todo, respeto por el proceso mediante el cual se construye la comprensión. Antes de pretender acceder a niveles más profundos de interpretación y expresión del arte, es necesario desarrollar una base sólida de jujutsu. Por ello, una primera etapa fundamental de enseñanza y aprendizaje es precisamente Daito-ryu Jujutsu.

Esto no debería entenderse como una limitación, sino como una oportunidad. Antes de intentar comprender lo sutil, debemos aprender a escuchar aquello que es evidente. Antes de buscar la profundidad de un principio, debemos permitir que nuestro cuerpo conozca la forma, la distancia, el equilibrio, el desplazamiento y la relación con el compañero.

Hay un momento en todo camino marcial en el que dejamos de intentar parecer aquello que admiramos y comenzamos, lentamente, a construir nuestra propia comprensión.

El espejo entonces cambia.

Al principio nos miramos para compararnos con el Sensei. Queremos ver si nuestro movimiento se parece al suyo. Con el tiempo, quizá descubrimos que el verdadero propósito del espejo no era mostrarnos cuánto nos faltaba para parecernos a él, sino enseñarnos a observar nuestro propio proceso.

El maestro no está ahí para que lo imitemos superficialmente. Está para mostrarnos una posibilidad.

Y nuestra tarea consiste en recorrer el camino que conduce hacia ella.

Por esta razón, también es fundamental cuidar el vínculo directo con un Sensei que posea las licencias (menkyo) de enseñanza correspondientes, una trayectoria sólida y, especialmente, una relación legítima y comprobable con la tradición que transmite. En las artes marciales tradicionales, la transmisión no es solamente una cuestión de información técnica; existe una responsabilidad inherente a enseñar y recibir un conocimiento que ha sido conservado y desarrollado a través de generaciones.

Contar con una enseñanza seria permite al estudiante tener una referencia confiable para comprender lo que está haciendo, corregir aquello que todavía no entiende y avanzar de manera progresiva dentro del arte.

Al final, quizá uno de los aprendizajes más importantes de las artes marciales sea precisamente éste: no tenemos que convertirnos rápidamente en aquello que admiramos. Tenemos que aprender a caminar.

El Sensei ya recorrió una parte de ese camino. Nosotros apenas comenzamos a recorrer la nuestra.

Y si tenemos la paciencia para permanecer, la humildad para aprender, la voluntad para superar las dificultades y la fortuna de contar con buenos compañeros y un maestro que pueda guiarnos, aquello que al principio parecía imposible comienza, poco a poco, a formar parte de nuestro propio cuerpo.

No sucede de golpe.

Sucede en silencio.

Un día, después de muchos años de práctica, descubrimos que aquello que alguna vez intentábamos copiar ya no necesitamos pensarlo.

Simplemente sucede.

Y entonces comprendemos que el verdadero aprendizaje nunca consistió en igualar al maestro, sino en permitir que la práctica transformara, paso a paso, nuestra manera de movernos, de percibir y de estar presentes en el mundo.

Amhed Betancourt, Shibu- chō
Daito Ryu Aiki-jūjutsu Renshinkan
México, Morelia Branch
mail: [email protected]
WhatsApp +52 4432214104


Descubre más desde Ensô Budô Dôjô

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Content is protected !!